1 El Bien, oh Asclepio, no está en nadie sino solamente en Dios, o
mejor digamos que el Dios mismo es eternamente el Bien. Siendo así,
pues, el Bien será la realidad de todo movimiento y toda evolución,
- pues nada ni nadie está privado de realidad - realidad que, en sí
misma, posee una energía sin carencias y sin excesos, plenísima,
provisora, existente además en la raíz de todas las cosas. Por
consiguiente cuando digo que provee el bien entiendo que es buena en todo
y siempre.
Pero ésto no corresponde a nadie sino a sólo el Dios, porque
de nada carece, ni lo pervierte el deseo de poseer, porque no hay cosa alguna
de la totalidad que El pueda perder y cuya pérdida lo entristezca -
porque la tristeza es una parte del mal -, ni nada es más fuerte que
El ni puede ser su enemigo - nada puede someterlo a injuria - y nada puede
excitar su aprecio ni provocar su irritación por desobediencia, ni
nadie provocarle celos por ser más sabio que El.
2 Nada de esto pertenece a la realidad: ¿qué le queda sino sólo
el Bien? Y así como de esta realidad no se puede decir ninguna otra
cosa, así tampoco en todas las demás cosas no se encontrará
el Bien. En efecto en todas las cosas están todas las otras cosas,
en las pequeñas y en las grandes, en cada una y aún en este
mismo Viviente, más grande y poderoso que todas.
Todo lo que ha sido engendrado padece, ya que la misma generación es
un padecer. Pero allí donde hay padecer de ninguna manera está
el Bien: donde está el Bien no hay lugar para un solo padecer. Donde
está el día no puede estar la noche, ni cuando es de noche puede
ser de día: es imposible que el Bien se halle dentro de la generación,
sino sólo en lo inengendrado. Sin embargo así como a la materia
le fue concedido participar de todas las cosas, así también
participó del Bien. Es de esta manera que el mundo se dice bueno, porque
el mundo hace todas las cosas, y es bueno por ése hacer. En cuanto
a todas las demás cosas, allí no existe el bien, porque son
pasibles y cambiantes y productoras de seres pasibles.
3 En cuanto al hombre, es una mezcla de bien y de mal: porque cuando el mal
no es excesivamente malo, aquí abajo, es el bien, y el bien, aquí
abajo, siempre tiene una parte pequeñita de mal. Por éso, es
imposible que el bien, aquí abajo, esté totalmente libre del
mal, pues el bien, aquí abajo, se maleficia, y si se vuelve malo, deja
de ser bueno: dejando de ser bueno se vuelve malo. Por éso sólo
en el Dios existe el Bien, es decir el Dios mismo es el Bien.
En los hombres, ¡oh Asclepio!, sólo se conserva el nombre del
Bien, pero de ninguna manera es tal. Porque es imposible, porque el Bien no
cabe en un cuerpo corporal, porque de todas partes está angustiado
por el mal, por penas y sufrimientos, por deseos y cóleras, por la
ilusión y la opinión insensatas. Y el peor de los males, oh
Asclepio, es que se confía, aquí abajo, que cada una de las
cosas que hemos nombrado son el más grande bien, cuando son el mal
más insoportable. La avidez es el conductor de todos los males, y la
confusión es aquí abajo la falta del Bien.
4 Pero doy gracias al Dios que, en lo que respecta al conocimiento del Bien,
puso en mi inteligencia el concepto de su imposibilidad en el mundo. El mundo
es la plenitud del mal, el Dios es la plenitud del Bien o el Bien es la plenitud
del Dios... Porque a su alrededor, como realidad, gravitan las cosas bellas,
pero la suyas propias se muestran, por así decirlo, mucho más
puras y auténticas. Hablando con osadía, oh Asclepio, la realidad
del Dios, si tiene una, es la Belleza, y es imposible percibir la Belleza
y el Bien en las cosas del mundo: todo lo que es posible de ver son imágenes
ilusorias y como bosquejos, pero lo que no cae bajo la vista es la realidad
......
... de lo Bello y de lo Bueno. Y así como el ojo no puede ver al Dios,
así tampoco puede ver lo Bello y lo Bueno. Porque son partes enteras
del Dios, propias sólo de El, particulares, inseparables, amabilísimas,
de las cuales hay que decir o que el Dios las ama o que ellas aman al Dios.
5 Si puedes comprender al Dios, comprenderás lo Bello y lo Bueno, lo
soberanamente luminoso, lo soberanamente iluminado por el Dios. Porque esa
Belleza es incomparable y ese Bien inimitable, como el mismo Dios. Por tanto
en la medida que comprendas al Dios, así comprenderás lo Bello
y lo Bueno. Ambos son incomunicables a los otros seres vivos, porque son inseparables
del Dios. Cuando tu celo te lleve a investigar sobre el Dios, lo harás
también sobre la Belleza. Porque uno es el camino que conduce allí:
piedad con conocimiento.
6 De aquí resulta que los que no conocen y no están tampoco
en el camino de la piedad, se atreven a decir que el hombre es bello y bueno,
no habiendo contemplado, ni en sueños, lo que es el Bien, pero, poseídos
como están por todos los males, creen que el mal es el bien, y así
se acostumbran insaciablemente al mal, temen que les falte y luchan por todos
los medios no sólo para poseerlo sino aún para acrescentarlo.
Estas cosas, ¡oh Asclepio! son bellas y buenas al sentir de los hombres,
y nosotros no podemos rehuirlas ni odiarlas, porque las necesitamos y no podemos
vivir sin ellas.